El viejo Carrasca, fallecido hace ya ochenta y cinco años, ha dejado tras de sí una larga estela de reimpresiones de su obra que se difunden sin aparato crítico y refuerzan de esta manera el mito de su presunto “costumbrismo”. Salvo algunas excepciones —las investigaciones y recopilaciones de Luis Iván Bedoya, Jorge Alberto Naranjo, Miguel Escobar, Jairo Morales, Leticia Bernal, Álvaro Pineda, Ana María Agudelo y Paula Marín—, andar por el camino de la obra del gran dominicano es todavía un ejercicio tortuoso. Las variantes textuales y materiales de los textos producidos en vida por el autor están dispersas u ocultas en bibliotecas especializadas y en algunos casos son desconocidas. La edición crítica, impresa, publicada y difundida de la obra de Tomás Carrasquilla, incluido su epistolario, a pesar de ser una empresa iniciada en 1952, sigue siendo una utopía que esperamos se alcance para la conmemoración del centenario de su fallecimiento.